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03 septiembre 2011
La gran Ingrid Bergman visitó Málaga en 1962 y se alójó en el hotel Pez Espada del entonces distrito de Torremolinos
De la pena a la lluvia de Ingrid Bergman
La actriz se hospedó en Torremolinos a principios de los sesenta, en plena efervescencia del turismo sueco
De la pena a la lluvia de Ingrid Bergman
LUCAS MARTÍN-LA OPINION DE MALAGA
La cara contra el cristal. La lluvia y su redoble sobre la playa. Una postal tristísima, alejada de la luz y del columpio, de los pies descalzos. Ingrid meditabunda, ominosa, terrible. Su marido de espaldas, con un cigarrillo en la boca, casi en blanco y negro, callado. La risa remota de otras habitaciones, de otros cuerpos, fragmentos de conversaciones en inglés, el azote del viento sobre la hierba. Habían escapado del país del frío. Se creían a salvo de la pátina polvorienta del norte, de la urgencia de las nubes.
Era Ingrid y Lars, pero también Ingrid y su dolor y Málaga y la falsa primavera. Puede que fuera cosa de las rubias. De recomendaciones chatas, hiperbólicas. La provincia convertida en un trozo de las Antillas. Sin una hora de invierno, de sofoco.
La actriz aterrizó en Málaga el 6 de marzo de 1962. Hizo lo que hacían todas las estrellas de la época. Recoger las maletas, buscar un automóvil y acelerar hasta Torremolinos. El hotel Pez Espada convertido en su refugio. Como el de la emperatriz de Persia. Como el del polémico Sinatra.
Habían reservado una quincena. Un margen generoso, lo suficientemente armado como para convocar al entusiasmo y que éste extendiera su carpa dichosa a los siguientes veranos. La Costa del Sol contaba con todo para seducir a Ingrid Bergman, pero a la musa le dio por sacar su lado más voluble, impaciente, menos sueco. Las divas y sus silencios. Toda una modalidad psicológica.
Rarezas y Mediterráneo
La Bergman que llegó a Torremolinos ya no creía en los cuentos italianos. Puede que su desapego con la provincia participara de un rechazo sobrevenido a la cultura mediterránea. Se había separado de Rossellini. Probaba suerte con Lars Schmitd, un carácter más seco y prusiano. Los dos soñando con unas vacaciones canónicas, de paraíso con sol y con arena y con toalla. Todo lo que no tuvieron. Salvo lo último, entregado como una balleta a tareas otoñales. El mal tiempo. La lluvia. Imponente. Continua. Durante tres días. Una de esas rarezas que suceden de vez en cuando en Málaga y arrecian contra los paraguas. Algunos de ellos nobles, inconsolables.
La barriga estelar del pez espada
A Ingrid le dio por juntar las cejas. Se enfurruñó más que el firmamento, que el vapor de la ventana. Le habían prometido sol y no quiso esperarlo. Agotó literalmente el plazo preventivo, las 72 horas. Justo entonces puso cara de hartazgo, de bandera blanca. Se largó sin atender las recomendaciones. Del brazo de Lars. Con impermeable. Quizá tropezó por los pasillos con Anthony Quinn. Ambos llegaron el mismo día a Málaga y se hospedaron en el hotel Espada.
La indolencia del actor
La misma lluvia, distinta respuesta. Si a la actriz es difícil no encontrarla entre cortinas, cavilosa y pálida, a él se le proyecta con la alegría del buen zángano, felizmente arrebujado entre sillas de bambú, con un libro y un cóctel, esperando que la tormenta amaine. Anthony Quinn tuvo toda la calma que le faltó a la estrella. Se preparó para acechar a la primavera, le importó un pimiento que el cielo se abrumara. Más tarde se subiría, incluso, a los tablados. Con espíritu olímpico, vacacional, simpático.
El paradigma sueco
La diva se perdió la Costa. Como contrapartida ganó un nuevo tono en sus ojeras especialmente indicado para papeles como el que le propondría su compatriota homónimo, el gran Ingmar Bergman, que la reclutó para Sonata de otoño. Un nombre valleinclanesco, ideal para describir su toma de contacto con la provincia, su paraíso perdido, quién sabe. La frustración justo en el momento mejor articulado, cuando la Costa del Sol caminaba hacia el paradigma sueco. Y no sólo por las rubias, sino por la atención de las autoridades. La provincia se había convertido diez años antes en el primer destino certificado para la seguridad social nórdica. Si alguien enfermaba, la administración le enviaba a Málaga. Como si fueran los viejos balnearios. Tenía que ser Ingrid. Tenía que apellidarse Bergman. La única sueca triste en la historia de Torremolinos.
15 noviembre 2010
Las torres de Playamar siguen inhiestas
13.11.10 - FRANCISCO LANCHA .DIARIO SUR
Cuando se dictó sentencia estaban terminadas y, en la inmensa mayoría de los casos, habitadas .Las torres de Playamar, que se levantan orgullosas en la zona del Bajondillo, fueron calificadas en su época, al principio de los años setenta, como uno de los complejos turísticos más importantes del mundo. Sin embargo, no existia unanimidad en su construcción.
La edificación fue impugnada por doce vecinos de Torremolinos representados por el abogado malagueño Victoriano Frías O'Valle. Entre los querellantes se encontraba Miguel Sánchez-Apellániz, también abogado, propietario de una casa situada en una colina que quedaba justo detrás de Playamar. Este vecino planteó recursos contencioso-administrativos ante la Audiencia Territorial de Granada, que dictó sentencia el 27 de mayo de 1968, estimando en parte el recurso y declarando nulos los acuerdos que concedieron las licencias correspondientes a las torres tercera a novena. Esta sentencia fue confirmada por la Sala Cuarta de Tribunal Supremo el 12 de mayo del 1971. Los otros once reclamantes consintieron los acuerdos municipales y no acudieron a la vía de lo contencioso-administrativo. El señor Sánchez-Apellániz impugnó también los acuerdos referentes a Playamar II, pero la Audiencia Territorial de Granada desestimó su reclamación, estando en tramitación su recurso de apelación.
Conforme, a las sentencias que se dictaron de 27 de mayo de 1968 y 12 de mayo de 1971, la anulación de los acuerdos comportaba la demolición de las torres tercera a novena, salvo que razones de interés público aconsejasen su conservación. Para esto el Ayuntamiento de Málaga debía de presentar un informe en el que se demostrasen tales razones.
Evidentemente, esas razones existían y así lo estimó la Comisión Provincial de Urbanismo al adoptar su decisión. Las más importantes fueron que las torres se construyeron al amparo de licencias concedidas por el Ayuntamiento. Y cuando se dictó sentencia estaban completamente terminadas y, en la inmensa mayoría de los casos, habitadas. Así como que los propietarios de aquel entonces, en su casi totalidad extranjeros, invirtieron como promedio dos millones de pesetas por apartamento, que constituía una fuente constante de divisas. Además, la inversión de cientos de millones de pesetas, en época de retraimiento, en la construcción de dichas torres, no debía penalizarse al cabo de cuatro años. Junto a esto, no tenía comparación el perjuicio del señor Sánchez-Apellániz, al obstaculizársele la vista al mar, con el inmenso perjuicio de todos los propietarios afectados.
Por fortuna las torres de Playamar, en Torremolinos, no fueron demolidas y continúan hiniestas.
Cuando se dictó sentencia estaban terminadas y, en la inmensa mayoría de los casos, habitadas .Las torres de Playamar, que se levantan orgullosas en la zona del Bajondillo, fueron calificadas en su época, al principio de los años setenta, como uno de los complejos turísticos más importantes del mundo. Sin embargo, no existia unanimidad en su construcción.
La edificación fue impugnada por doce vecinos de Torremolinos representados por el abogado malagueño Victoriano Frías O'Valle. Entre los querellantes se encontraba Miguel Sánchez-Apellániz, también abogado, propietario de una casa situada en una colina que quedaba justo detrás de Playamar. Este vecino planteó recursos contencioso-administrativos ante la Audiencia Territorial de Granada, que dictó sentencia el 27 de mayo de 1968, estimando en parte el recurso y declarando nulos los acuerdos que concedieron las licencias correspondientes a las torres tercera a novena. Esta sentencia fue confirmada por la Sala Cuarta de Tribunal Supremo el 12 de mayo del 1971. Los otros once reclamantes consintieron los acuerdos municipales y no acudieron a la vía de lo contencioso-administrativo. El señor Sánchez-Apellániz impugnó también los acuerdos referentes a Playamar II, pero la Audiencia Territorial de Granada desestimó su reclamación, estando en tramitación su recurso de apelación.
Conforme, a las sentencias que se dictaron de 27 de mayo de 1968 y 12 de mayo de 1971, la anulación de los acuerdos comportaba la demolición de las torres tercera a novena, salvo que razones de interés público aconsejasen su conservación. Para esto el Ayuntamiento de Málaga debía de presentar un informe en el que se demostrasen tales razones.
Evidentemente, esas razones existían y así lo estimó la Comisión Provincial de Urbanismo al adoptar su decisión. Las más importantes fueron que las torres se construyeron al amparo de licencias concedidas por el Ayuntamiento. Y cuando se dictó sentencia estaban completamente terminadas y, en la inmensa mayoría de los casos, habitadas. Así como que los propietarios de aquel entonces, en su casi totalidad extranjeros, invirtieron como promedio dos millones de pesetas por apartamento, que constituía una fuente constante de divisas. Además, la inversión de cientos de millones de pesetas, en época de retraimiento, en la construcción de dichas torres, no debía penalizarse al cabo de cuatro años. Junto a esto, no tenía comparación el perjuicio del señor Sánchez-Apellániz, al obstaculizársele la vista al mar, con el inmenso perjuicio de todos los propietarios afectados.
Por fortuna las torres de Playamar, en Torremolinos, no fueron demolidas y continúan hiniestas.
20 noviembre 2008
Torremolinos , patrimonio de la humanidad.

Málaga, 16 nov (EFE).- Los municipios de Torremolinos (Málaga) y Valldemosa (Mallorca) son los dos únicos españoles incluidos en una selección de los cincuenta sitios más auténticos del mundo en el último número de la revista "Highlife", que la compañía aérea British Airways distribuye a bordo de sus vuelos.
Estas dos localidades turísticas comparten protagonismo en la selección con ciudades como Los Ángeles (EEUU), París (Francia), Venecia (Italia), Viena (Austria), Varsovia (Polonia), Damasco (Siria) o la isla de Zanzíbar (Tanzania).
La revista, que define como destino auténtico aquel lugar que se siente cómodo en su propia piel, independientemente de cuantos visitantes reciba, señala que después de 40 años de turismo de masas, Torremolinos sigue evolucionando y, lejos de la costa, es una animada ciudad andaluza.
Añade que el desarrollo hotelero de los años 50 y 60 es ahora admirado por arquitectos de moda, y hace campaña a favor de su declaración por parte de la UNESCO como lugar Patrimonio de la Humanidad.
Al preguntarse sobre un lugar en el que la mayoría de los expertos coinciden que ha sufrido deterioro por el turismo, el autor del reportaje cita entre interrogantes a Torremolinos, para decir a continuación que, de hecho el pueblo de este municipio es una auténtica ciudad andaluza.
Indica que "la gente toma sus churros con café a las 11, a ellos les gustan los largos almuerzos de pescado frito, y no exponerse al sol en verano", y recuerda que hay varios miles de turistas ingleses y alemanes viviendo un tipo de vida "muy diferente", y que ambos coexisten bien.
"Fenicios, romanos, moros y castellanos han sido incapaces de remover las raíces de la cultura andaluza: un ejército de europeos del Norte bronceados y ligeros de ropa tampoco", agrega.
También comenta que a algunas personas en Madrid y Barcelona incluso les gusta la arquitectura de Torremolinos y piensan que esos grandes hoteles de los años 60 deben ser considerados monumentos históricos porque son parte del patrimonio de España.
"Es una visión minoritaria, pero sólo hay que darle tiempo", señala, y rememora que no hace mucho, los residentes de Miami apoyaban la demolición de los hoteles estilo Art Decó situados en South Beach, y que en los años 50 en Londres querían derribar estructuras victorianas como el puente Albert, las cuales hoy tienen un valor incalculable en los balances de las autoridades turísticas.
Sobre Valldemosa (Mallorca), relata una experiencia en barco en la que un grupo de personas encontró una cueva casi desierta y un restaurante sobre el acantilado, al que uno de los bañistas subió por un sendero rocoso para comprar una botella fría de vino rosado, con la que logró regresar a nado.
Los amigos disfrutaron de la bebida cuando el cielo comenzaba a tornarse del color del vino, adquirido en un restaurante al que se puede llegar por carretera desde Valldemosa, pero "era mucho más auténtico acceder a él por mar", según "Highlife".
Estas dos localidades turísticas comparten protagonismo en la selección con ciudades como Los Ángeles (EEUU), París (Francia), Venecia (Italia), Viena (Austria), Varsovia (Polonia), Damasco (Siria) o la isla de Zanzíbar (Tanzania).
La revista, que define como destino auténtico aquel lugar que se siente cómodo en su propia piel, independientemente de cuantos visitantes reciba, señala que después de 40 años de turismo de masas, Torremolinos sigue evolucionando y, lejos de la costa, es una animada ciudad andaluza.
Añade que el desarrollo hotelero de los años 50 y 60 es ahora admirado por arquitectos de moda, y hace campaña a favor de su declaración por parte de la UNESCO como lugar Patrimonio de la Humanidad.
Al preguntarse sobre un lugar en el que la mayoría de los expertos coinciden que ha sufrido deterioro por el turismo, el autor del reportaje cita entre interrogantes a Torremolinos, para decir a continuación que, de hecho el pueblo de este municipio es una auténtica ciudad andaluza.
Indica que "la gente toma sus churros con café a las 11, a ellos les gustan los largos almuerzos de pescado frito, y no exponerse al sol en verano", y recuerda que hay varios miles de turistas ingleses y alemanes viviendo un tipo de vida "muy diferente", y que ambos coexisten bien.
"Fenicios, romanos, moros y castellanos han sido incapaces de remover las raíces de la cultura andaluza: un ejército de europeos del Norte bronceados y ligeros de ropa tampoco", agrega.
También comenta que a algunas personas en Madrid y Barcelona incluso les gusta la arquitectura de Torremolinos y piensan que esos grandes hoteles de los años 60 deben ser considerados monumentos históricos porque son parte del patrimonio de España.
"Es una visión minoritaria, pero sólo hay que darle tiempo", señala, y rememora que no hace mucho, los residentes de Miami apoyaban la demolición de los hoteles estilo Art Decó situados en South Beach, y que en los años 50 en Londres querían derribar estructuras victorianas como el puente Albert, las cuales hoy tienen un valor incalculable en los balances de las autoridades turísticas.
Sobre Valldemosa (Mallorca), relata una experiencia en barco en la que un grupo de personas encontró una cueva casi desierta y un restaurante sobre el acantilado, al que uno de los bañistas subió por un sendero rocoso para comprar una botella fría de vino rosado, con la que logró regresar a nado.
Los amigos disfrutaron de la bebida cuando el cielo comenzaba a tornarse del color del vino, adquirido en un restaurante al que se puede llegar por carretera desde Valldemosa, pero "era mucho más auténtico acceder a él por mar", según "Highlife".
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